LA VELETA DE LA CATEDRAL DE QUITO

En tiempos coloniales, Quito era el lugar de residencia de un poderoso caballero lleno de riquezas, pero que también estaba lleno de orgullo y prepotencia. No tenía reparo alguno en insultar o menospreciar a todo aquel que se cruzase por su camino, pues se sentí el hombre más importante del mundo.

Tanto era su desprecio por todo y por todos que, un día volviendo borracho a su lujosa casa, se detuvo frente la majestuosa veleta en forma de gallo de la catedral de Quito. Cualquier persona normal se hubiera quedado maravillada ante ese instrumento, pero él, como no, no pudo evitar soltar barbaridades e insultos:

¡Ese gallo es patético! ¡Menuda broma de gallo! ¡Más que un gallo, parece un pavito miedoso y ridículo!

Pobre y estúpido cretino porque, para sorpresa del maleducado caballero, el gallo tomó vida y no le sentaron muy bien las palabras que le soltó. El ave se descolgó de la veleta para atacarle ferozmente, sin piedad alguna. Las heridas que le hizo al caballero tiñeron de rojo las caras y elegantes vestiduras de nuestro prepotente protagonista.

A la mañana siguiente, el caballero despertó en su cama notando el escozor de todas las marcas de picotazos y sangre coagulada por su cuerpo. Su memoria le fallaba, ¿acaso fue verdad o producto de su borrachera? No lo recordaba muy bien, pero el daño en su cuerpo era tan real como dura es una piedra.

Desde entonces se le bajaron un poco los humos y, además, no volvió a atreverse a pasar por delante de la catedral de Quito.

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*